La Reconstrucción

SEVERANCE (SEPARACIÓN) de Jesús García Amezcua

Hay días que me levanto y no me aguanto ni yo mismo, y desearía desaparecer y olvidar todo lo que traigo a casa y viceversa: lo que me llevo cada día al trabajo. En las Industrias Lumon te hacen la siguiente propuesta: Rompe con tu yo de fuera del trabajo, no lo traigas aquí, y a su vez rompe con tu yo del trabajo y no lo lleves a casa. ¿Pero cómo se puede hacer? Es “fácil”, lobomotizándote y creando un proceso de borrado de identidad.

Alicia entró en un laberinto detrás de un conejo y encontró seres extraños y un mundo mágico que era un reflejo de la sociedad exterior. En Lumon, los empleados cuando entran en el ascensor y bajan a la planta de separación, al intrincado laberinto de paneles y suelos blancos, son sólo ratones que se dirigen a los únicos caminos que les están permitidos, sólo mantienen contacto con ellos dos supervisores que cumplen fielmente su cometido.

Podríamos pensar que es una alegoría del mundo laboral actual, del neoliberalismo o incluso del comunismo, pero, no sé, si consciente o inconscientemente Dan Erikson como creador y guionista y Ben Stiller, como productor ejecutivo y director de la mayoría de los capítulos, han releído al ser humano del S.XXI, un siglo en el que la lectura, la filosofía y el pensamiento crítico han pasado a un segundo plano, pero que ellos la han llevado a una pantalla para dibujar el perfil la sociedad actual.

Lejos de esas series en las que comienzan con una premisa impactante y en apariencia muy profunda y luego se diluye entre tramas infantiloides, ellos la han construido al revés, creando una distopía alegórica que representa lo que escondemos en nuestra alma. Sí, nuestra alma, porque quizá de eso va la serie: de la separación de mente y alma.

Decía Epícteto que dentro de nuestro control están el criterio, el propósito, el rechazo, … y fuera de nuestro control están el cuerpo, los atributos, el prestigio, el oficio…, es decir, lo que no es propiamente nuestro. Las cosas fuera de nuestro control son frágiles, dependientes, limitadas, al contrario que las que podemos controlar porque son propias, de nosotros, es nuestro fuero interno, justo al contrario que en Severance, los personajes que están dentro de la empresa en la “Planta de separación” son los que no controlan nada, son los llamados “Dentri” y los que pueden controlar su vida en el exterior son los “Fueri”. Es decir, cuando estos seres humanos están dentro de su laberinto, ya no son ellos, son los “dentri” controlados por seres superiores e invisibles a sus ojos, guiados por sus manos ejecutoras (Patricia Arquette como Harmony Cobel y Tramell Tillman en el personaje de Milchick), en una especie de religión empresarial y fanática, construida a base de preceptos creados por el fundador de la empresa y que los empleados siguen correligionariamente. Ellos tienen libertad aparente, pero las normas de la empresa o las normas de la “separación” les limitan al máximo, pudiendo ser castigados severamente si las incumplen. Llegan a pensar que el castigo es normal, que es parte de la vida, incluso que el miedo a ser castigados es algo inherente a lo que ellos han decidido a hacer con sus vidas por un bien mayor, que realmente no saben cuál es, ya que no recuerdan nada del exterior, y que eligieron antes de entrar. No suena raro ¿verdad? ¿o sí? Cuando pienso en cada una de las parcelas personales que hemos ido entregando a los gobiernos por bienes como la seguridad, la democracia o la igualdad, cuando veo menoscabados los derechos básicos del individuo o del ciudadano dejando a su libre albedrío al Estado para que intervenga en nuestras parcelas más íntimas, permitiendo que nos subyugue a base de impuestos y legislación, de controles, no sólo estatales si no de lobbies empresariales y comunicación, captadores de datos y cookies, dirigidos por comisarios políticos, me siento un “dentri”. Podéis pensar que la religión ha hecho esto durante siglos con el amedrantamiento de la población a través de sus chamanes, sacerdotes o líderes religiosos y, seguramente, no os falte razón, pero, ahora, supuestamente, vivimos en democracias avanzadas y, supuestamente, somos nosotros los gestores de nuestras vidas, lo que llamaba Epícteto: “lo que está en nuestro control”, pero la realidad es que no controlamos nada y vivimos en una burocracia laberíntica, bajo un control asfixiante a través de las redes sociales, los aparatos de móvil, las agencias tributarias, la inteligencia artificial o de la V16.

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En Severance, hay separación, nosotros, no la tenemos. Ellos, sus “fueri” pueden reencontrarse con su alma, con su verdadero yo, cada día que salen del trabajo, nosotros tenemos que soportar la esclavitud política y social diariamente. La ruptura en la serie no es por motivo social o político, no han querido entrar ahí los creadores, si no por motivos íntimos, personales. Ellos han decidido no luchar, se han entregado al opiáceo de perder su memoria, para escapar de sus recuerdos más dolorosos, o simplemente como le ocurre al personaje de Dylan (Zach Cherry), sentirse valorado. Yo siempre he pensado que la lucha nunca se debe abandonar, pero últimamente pienso: “para qué” quizá sería mejor dejarse llevar de una vez y hacer lo que quieren que hagas, es decir, un horario laboral, con un sueldo mínimo y sobrevivir. Así no tienes que preocuparte tampoco de lo que no controlas, como sentirte valorado o la muerte de un ser querido. Vivir adormecidos, dormir mientras vives.

El trabajo es simplemente una ilusión, donde ni siquiera importa la labor que desempeñas, porque es un acto de distracción y de excusa para el fin final de la Compañía o el Estado. Podríamos caer en la trampa de pensar que los regentes de Lumon, o de cualquier otra compañía similar, lo hacen por dinero, pero no es así, es el poder basado en el control del ser humano, es la nueva esclavitud, es dar pan a cambio de entregar el alma. El ser humano ha caído tan bajo en el S. XXI que ya no entrega el alma a Mefistófeles por la sabiduría, por el conocimiento, si no para liberarse de sí mismo, o lo que es lo igual, no querer indagar en uno mismo, conocerse, o simplemente, por estar dentro de la rueda social del ratón, o poder comer a diario. Qué importa si con tu trabajo causas pobreza o muerte, qué importa si tu trabajo es la creación de una Estrella de la Muerte, qué importa nada, si en tu laberinto hay máquinas expendedoras que te ofrecen tus golosinas favoritas y no ves los efectos de tu labor. Pero eso sí, y esto es fundamental, los “fueri” decidieron ser “dentri”, decidieron estar ciegos, del mundo y de sí mismos.

Pero la fuerza del ser humano es indomable y lucha, aunque no sepa por qué y pese a los controles, a las cadenas y a los yugos, hay algo más superior que ellos que los llama a no rendirse, a superar los escollos y a encontrar a su verdadero yo, esa llama que no se puede apagar a pesar de la estructuración del pensamiento o de las “comeduras de tarro”. El alma que está ahí fuera, nos golpea una y otra vez para que despertemos, con su voz ancestral y apenas perceptible. El reflejo de la realidad se ha transmutando en la única verdad, los discursos, debates o discusiones son sólo acerca de si prefiero una piruleta sabor fresa o sabor limón, un coche color rojo o azul (porque, obviamente, ya sólo son aptos los eléctricos). No se argumenta sobre qué hemos dejado en el camino, porque nos han borrado la memoria, con ataques a los centros de la civilización, pandemias, y una inyección de miedo cada “x” tiempo. El reflejo de la hoguera dentro de la caverna es cada vez más tenue y ya apenas se percibe, pero, de vez cuando, aparecen constructos como el de Severance para hacernos pensar, soslayadamente, a través del subconsciente, para que los censores sólo vean que es un producto contra las condiciones laborales o contra el neoliberalismo, o quizá, realmente así lo hayan concebido, entonces, el subconsciente les ha traicionado y han mostrado su más profundos temores, la disociación del cuerpo/mente y alma, de la ruptura con uno mismo en pos de valores esclavistas.

La verdad es la verdad, el bien es el bien y el mal es el mal, todos sabemos reconocerlo, aunque juguemos al fraude continuo, Dan y Ben, lo sepan o no, han desarrollado una alegoría filosófica de la sociedad del cansancio, del hastío al que nos conduce el pensamiento débil y de la dominación de las masas a través de los juegos absurdos y de las terapias manipuladoras de la religión empresarial a través del decálogo de la Compañía (¿Agenda 2030?). Los chamanes son los CEO, los sacerdotes los CCO y los dioses los Founders de la Compañía o los líderes del partido político de turno.

Se me quitan las ganas de luchar, pero hay que hacerlo, al menos, hasta que nos borren la memoria y destruyan nuestra alma y, eso, no podrán hacerlo.

Jesús García Amezcua

Escritor, Director de Cine y Teatro, Actor

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