Uno de los mayores peligros (y quizá no el menos importante) de la crisis ecológica es su ideologización. Esta ideologización comienza cuando la crisis pasa de ser un problema que hay en el mundo a un problema generado por nuestro comportamiento. Es decir, entramos en el terreno de la ideología desde el instante en que generamos discursos sobre lo que debemos o no debemos hacer. Pero, como diría aquella señora, ¡vergüenza mezclarlo todo!
Ideología significa que no estamos ya motivados por resolver un problema sino por reconocernos como forma autocomplaciente como miembros del grupo de los justos. Pero el mundo, el planeta, el universo entero nos sobrepasa con su complejidad. No todo está en el mismo plano. Puede que determinados aspectos de nuestro modo de vida sean a la larga insostenibles pero no es algo necesario por la sencilla razón de que no hay un «sistema» o una «estructura». Contra lo que creían los marxistas y sus herederos posmodernos no hay un sistema del comportamiento humano. Y si no hay sistema no se le puede combatir con una doctrina articulada.
El capitalismo y la crisis ecológica pueden interseccionar pero no son lo mismo. La mayor catástrofe ecológica de la historia de la humanidad, el estallido de la central nuclear de Chernobyl, no fue provocada por el capitalismo, como tampoco lo fue la desecación del mar de Aral. Pero para los anticapitalistas todas las causas son la misma causa y están interconectadas en ese fantasmagórico sistema. Podemos asociar fácilmente el machismo con la contaminación y combatir ese mal con «ecofeminismo». Suponen que, como el capitalismo, el cambio climático y el patriarcado participan de la misma sustancia por tanto se les puede combatir con el mismo lenguaje. Mezclarlo todo con el único fin de quedar bien; esa es la ideología pura. Limpiamos nuestra conciencia, pero no el planeta.
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El desarrollo genera crisis ambiental pero también genera los recursos necesarios para combatir esa insostenibilidad. Sólo a partir de un alto nivel de desarrollo se puede revertir la tendencia en la emisión de gases de efecto invernadero y en el consumo de combustibles
fósiles. Son las zonas que están en desarrollo las que más contaminan. Ciertamente, la pobreza es muy poco contaminante, pero siendo pobres no tenemos recursos para, por ejemplo, modificar los medios de transporte, o producir energías renovables. Y en cualquier caso
difícilmente vamos a sostener nada con oscuridad y hambre. No es metafísicamente imposible que sea la propia tecnología que provocó los problemas la que nos proporcione dispositivos para resolverlos, nuevas fuentes de energía, nuevos materiales. Se trata de introducir la sostenibilidad como variable no en usarla como etiqueta comercial para aplicarla a todo. Sexo sostenible, fútbol sostenible, rock sostenible, contar chistes o volar cometas de forma sostenible y todo ese tipo de sostenibles tonterías.

Tampoco sirve de nada estar «concienciado». Los problemas no se resuelven con conciencia, esto es un mecanismo de autocomplacencia social, sirve para estar a gusto con uno mismo e inhibe la acción, como han explicado los sociólogos Paul Lazarsfeld y Robert Merton.
Nos encanta realizar exhibiciones de bondad y ser liderados por niños demagogos y activistas tarados. Todo es simple y elemental para estas criaturas que demuestran su conciencia y arrojo dañando maravillosas obras de arte. En el mundo en blanco y negro del activista la bondad y la maldad son puras. Pero en el mundo real la ambulancia contaminante nos salva la vida y el cerdito que emite gases tóxicos alimenta a varias familias. La boutade involuntaria de aquel ministro que reclamaba cerdos alimentados en la dehesa con bellota recuerda la inmortal frase de María Antonieta que recomendaba comer pasteles a los pobres que no tenían pan.
Se puede ser realista y reconocer los problemas sin necesidad de ser dogmáticos. El dogmático no puede reconocer que las soluciones traen nuevos problemas. Igual que la crisis ecológica viene provocada por nuestro deseo de una gran calidad de vida también las soluciones ecologistas pueden aportar nuevos quebraderos de cabeza. Pero no podemos ser ecologistas a largo plazo a cambio de la ruina presente. Esto nos lo podrían explicar perfectamente los agricultores a quienes las normas ecológicas diseñadas en los despachos están abocando a la miseria.
Si tanto nos preocupa el futuro ¿por qué seguimos endeudándonos? Si tanto nos preocupan los bosques ¿por qué los talamos para instalar placas solares? Si de verdad nos preocupa el paro ¿por qué no lo combatimos eliminando burocracia y bajando impuestos? ¿Por qué llamamos «políticas sociales» a regalar un dinero que nos han prestado? ¿Por qué nos siguen engañando con el mantra de que los impuestos sirven para mantener el sagrado binomio «sanidad y educación» cuando en realidad van íntegros a pagar intereses de la deuda? ¿Podemos salvar a la humanidad convirtiéndonos todos en funcionarios con videojuegos subvencionados?
No podemos sumirnos en la oscuridad para ver más claras las estrellas. Tarde o temprano tendremos que ser incongruentes. Quizá para lo que deberíamos estar preparadoses para cambiar de opinión, como ya está ocurriendo con la energía nuclear. Se trata de minimizar problemas y maximizar soluciones. Todavía estamos a tiempo de equivocarnos, pero es que la racionalidad, queridos y queridas niños y niñas, funciona así.
José Antonio de la Rubia Guijarro
Profesor de Filosofía

