La Reconstrucción

TENER MIEDO ES DE VALIENTES. Shaul Nash

Imaginad un día, en vuestro coche, circulando por una carretera secundaria, aparentemente bien asfaltada. Vais seguros, confiados… cuando, de repente, sufrís un reventón y perdéis el control del coche. El vehículo se sale de la carretera y podéis observar que os dirigís hacía un árbol. Estáis a un instante de impactar de frente. Si no hacéis nada, si os quedáis paralizados, fijos en aquel árbol, solo os queda rezar para que el choque no sea suficientemente fuerte. Si, por el contrario, evaluáis vuestras opciones y, en esas décimas de segundo, actuáis con rapidez, podréis encontrar una escapatoria a ambos lados del árbol. El miedo que sentimos a diario en nuestra relación con el mundo, es ese árbol. Y, aunque nos haga creer que no tenemos elección, lo único que nos libra de un accidente, es tomar el control, coger las riendas, asumir nuestra responsabilidad. No es fácil, claro que no. Pero si es posible. Depende, única y exclusivamente, de cada uno de nosotros. De nuestra voluntad (Acepto el miedo y quiero cambiarlo); de nuestra actitud (Asumo mi responsabilidad y voy a cambiarlo); de nuestra motivación (Mi vida será mejor y por eso necesito cambiarlo). Aceptación, responsabilidad y motivación:

ACEPTACIÓN. Aceptar que tenemos miedo nos hace humanos. Todos tenemos miedo. No somos más valientes por decir que no lo tenemos. ¿Cómo puede un bombero demostrar que es buen profesional si no hay fuego que apagar? ¿Cómo se puede ser valiente si no hay temor al que enfrentarnos? La valentía viene de serie, no es un extra. Todos la tenemos, a veces tan oculta, que no sabemos si quiera que la poseemos, pero lo cierto es que la llevamos dentro cada uno de nosotros.

Pensad ahora en la persona que más queréis en este mundo. Si esa persona estuviera en riesgo serio de morir, ¿no actuaríais? ¿Verdad que sí? Otra pregunta… ¿Cuántos habéis pensado que esa persona fuera… tú mismo? Estoy seguro que muy pocos lo han hecho. Pensar en uno mismo no se trata de egoísmo, ni mucho menos. Para dar lo mejor a los demás, debemos estar en paz con nosotros mismos. Una persona que no acepta el miedo tiene un problema. Y si tiene un problema, sufrirá en mayor o menor medida. Y el sufrimiento no es buen compañero de trabajo, de matrimonio, de amistad. Porque tratará de disfrazar ese sufrimiento en ira, en victimismo, e incluso, yendo al otro extremo, en un caricato inaguantable. Un soldado no puede ir a la guerra sin aceptar el miedo como parte de su trabajo. Una persona no puede desarrollar todas sus capacidades con el ancla del miedo a cuestas. Aceptar el miedo como una parte más de lo que somos, entender qué nos pasa, porqué nos empequeñecemos al recordar “eso”, es el primer paso para reencontrarnos con lo que verdaderamente somos.

RESPONSABILIDAD. Decía Sigmund Freud que, en realidad, nadie quiere libertad, porque la libertad implica responsabilidad, y las personas tienen miedo a la responsabilidad. Y es cierto. El miedo nos hace creer que no somos capaces de hacerle frente. Intenta minar nuestra confianza, nuestra seguridad y nos lleva a convertirnos en esclavos de la multitud buscando respuestas que deberían ser solo nuestras. Respuestas que, por otra parte, aunque bienintencionadas en muchos casos, apuestan con el dinero de otro. Y cuando digo otro, me refiero a ti. Y cuando hablo de dinero, en realidad, quiero decir tu vida. ¿Qué nos lleva a confiar más en el exterior que en nosotros mismos? El miedo. El miedo de equivocarnos, de coger las riendas, de tomar decisiones que no sabemos qué consecuencias traerán, de saltar al vacío sin saber si hay red.

Todos estaremos de acuerdo que lo más preciado que tenemos es nuestra vida, ¿verdad? Sin embargo, dejamos que los demás intercedan por nosotros. Incongruente, ¿no es cierto? ¿Y saben por qué lo hacemos? Porque hay algo que tememos más que al propio miedo. Y es nuestra conciencia. Mucha gente dormiría mejor si inventasen almohadas capaces de apagar conciencias. No soportamos equivocarnos. Por eso, entre actuar y no hacer nada, preferimos quedarnos quietos. En un lugar, en un trabajo, en una relación… Y nos damos de frente contra el árbol. Preferimos culpar entonces a nuestro jefe, o a nuestro compañero de trabajo, a nuestra pareja o al mundo, porque no nos entiende. Cambiar nuestra actitud es fundamental para dejar de ser víctimas de nuestros propios miedos y empezar a ser su verdugo. Solo a través de la responsabilidad para con ellos, podemos convertirnos en causa de su desaparición y no seguir siendo efecto de los mismos. Nunca podemos permanecer estáticos, hay que actuar. Si cuando nos sentimos amenazados, intentamos huir, ¿por qué seguimos sentados viendo como el miedo se apodera de nuestra vida?

MOTIVACIÓN. Nadie puede asegurar que despojarnos de nuestros miedos suponga, de inmediato, la realización de todos nuestros anhelos. Si fuera así, no habría hueco, ni siquiera, para la duda razonable. El miedo al día después, a lo que vendrá, a lo desconocido, juega en nuestra contra. Pero no habría honor sin reto, ni valor sin dificultad. Si pretendemos que alguien venga y nos asegure que todo va salir de maravilla, pasaremos la vida esperando. Para ganar, hay que arriesgar. Y el riesgo, la incertidumbre es lo que nos mantiene vivos.

Les voy a contar una experiencia propia donde mi hijo fue mi mayor motivación: Yo llevaba algún tiempo angustiado, perdido en un matrimonio en el que ya no sentía formar parte. Quedarme allí ya no era una opción, pero nunca me atrevía a dar el paso. Salir de una zona de confort, cimentada en la ilusión de una seguridad ficticia, me aterrorizaba. Era consciente de que la vida se me escapaba sentado en el sofá, esforzándome por rechazar una solución que ya tenía pero no quería afrontar. Deseando incluso que la otra parte decidiera acabar lo que yo había empezado para no tener que asumir mi responsabilidad. Ocho meses de insomnio y cobardía que jamás recuperaré. Y un día cualquiera, a mi hijo que pasaba por allí, con tres años de edad, le convertí en el blanco fácil para descargar toda la rabia y todo el odio que sentía hacia mí mismo. A sus gritos infantiles en el asiento de atrás de mi coche, le respondieron los gritos desesperados de alguien que se sentía preso de sus miedos. La cara con la que mi pequeño me miró, bastó para acabar de un plumazo con todas las dudas, con toda la inseguridad y con todo el temor de saltar al vacío sin red. Dejó de importarme lo que la gente pensará, lo que sería de mi vida a corto plazo, la derrota por un proyecto de vida acabado. Lo único que sabía es que mi hijo no merecía un padre a medias, un espejo donde mirarse roto en mil pedazos. Él necesitaba la mejor versión que pudiera existir de mí, y si cargaba con mis miedos, no podría levantarle cuando se cayera. Hoy, puedo decir, que fue la mejor decisión que pude tomar. Con esto, no abogo por la separación ni por tirar la toalla a las primeras de cambio. Al revés. Lo que intento decir es que cuando sientes que no eres feliz, cuando tus miedos te retienen donde no quieres, hay que encontrar la motivación suficiente que te haga creer que eres capaz de encontrar la felicidad en otro lado. Ese es el ejemplo que quiero darle a mi hijo. Que no deje que los miedos, propios y ajenos, le aparten de su felicidad. En resumen, sin la voluntad de querer reconocer nuestros miedos, no hay opción de cambio. Sin responsabilidad sobre nuestros actos, no hay opción de cambio. Y sin la motivación necesaria para movernos, no hay opción de cambio. Es así. Todo lo demás son excusas. Y las excusas puedes hacérselas creer a los demás, pero a ti… A ti nadie tiene que decirte cómo estás o que sientes cuando sabes que debes hacer algo y no lo estás haciendo. Y estamos hablando de la vida, y vida solo hay una. Que sepamos.

Shaul Nash

Escritor y Coach