La Reconstrucción

ESCRITORES EUROPEOS DEL SIGLO XX: UNA MIRADA A SU UNIVERSO Pedro García Cueto

Parece que las aguas donde el pensamiento transitó vuelven a su cauce, cuando Kafka descubría la deshumanización del hombre europeo, en esa novela que vuelve siempre al inicio, El castillo, nunca veremos al agrimensor tal es la gratuidad de la vida, el limbo en el que se mueve todo pensamiento, el hombre moderno queda atado al absurdo vital, al desamparo ante la vida.

Escritores italianos como Umberto Eco ya nos hablan del lenguaje, de cómo este se ha fragmentado al paso de la dislocación de una Europa que ha perdido en el paso del tiempo su corporeidad, una Europa desalentada por su fantasmagoría vital. Esta senda la seguirá el muy brillante Claudio Magris en todas sus obras (excepcional su El  Danubio)

Max Frisch navega en las aguas del absurdo vital, como en No soy Stiller (1954), en Homo Faber nos habla del hombre moderno, su alienación con un mundo que lo va deshaciendo, contempla el escritor esa fragmentación que se convierte también en una escritura donde triunfa el hombre asocial, desapegado del mundo y sus costumbres.

Cuando Volker Schlóndorff lleva al cine el Homo Faber ya sabemos hasta qué punto el mundo ya no es el mismo, derrotados de las Guerras Mundiales, como dice Musil en El hombre sin atributos, los seres humanos ya no tienen personalidad, son anónimos, meras cifras en un arsenal de muertos.

Cuando Gúnter Grass escribió El tambor de hojalata, ya vemos al ser pequeño que quiere manifestarse, una Europa herida por el sufrimiento que, como si llevase el tambor que porta el niño, quiere salir de su abismo.

Ya Primo Levi en Si esto es un hombre sabe que el Holocausto es el fin de la ética, todo paso viene mermado por ese acoso hacia la razón, si el hombre ha permitido la matanza masiva de judíos, la vida ya nunca puede ser sagrada, el mal es posible, como dice Dostoievski en Los hermanos Karamazov, ya no hay Dios para salvarnos del crimen de los hombres.

El silencio de Dios que permite el mal (recordemos aquel libro de Jacques Maritain ¿Y Dios permite el mal?) está entre nosotros, convive con el ser humano, ya solo hay víctimas y verdugos. Cuando Golo Mann recuerda a su hermano Klaus en Recuerdos de mi hermano Klaus, nos evoca un mundo sin un tirano, pero un mundo donde todavía pervive la maldad, presente en la semilla de los hombres.

Mercedes Monmany en un excelente libro Por las fronteras de Europa publicado por Galaxia Gutemberg ha sabido ver la mirada a múltiples escritores europeos, ha sabido diseccionar sus obras y encontrar ese punto en común, la mirada escéptica de los grandes escritores que ya no creen en la bondad de origen del hombre y lo plasman en sus obras.

También Sandor Marai se vuelve un reputado anticomunista, dejará Hungría e irá ofreciendo su narrativa donde un aire romántico no excluye la desaparición de los ideales, ya confrontados a su vacío tras el fracaso de la Guerra.

Es en la novela La hermana cuando Marai expone su postura de aguantar las adversidades de la vida, en pos de un nuevo tiempo, que ha de llegar.

Porque Marai retrata un mundo que ya no espera redención, como demostró en La extraña, lejos de otros escritores, en Marai vive el romanticismo de antaño, pero también una búsqueda a un resurgir de las cenizas de esta Europa que se deshace entonces y ahora más aún por populismos y mentiras.

El escritor que ha roto todas las barreras, incluso la de la propia moralidad, triunfa, recordamos a Genet, en Diario de un ladrón, el ser corrompido que corrompe a través de su literatura, como el Celine de Viaje al fin de la noche, el antisemita que perturba a través de la prosa a los otros, si el mal está en el mundo, por qué el escritor ha de ser bueno, puede llevar en sí la falta de ética que navega en estos escritores.

Al otro lado, como si el paisaje se tiñera de brumas, viven escritores como Kertész, en su famosa  Kaddish por el hijo no nacido (1990), exultante demostración de la importancia de una raza, la judía, marcada por la adversidad, en este ensayo vuela la mirada de un hombre que conoce el dolor y sabe que en la genética está también la ética, la necesidad de supervivencia.

Y nos queda Thomas Mann que decidió exiliarse, envuelto en las sombras de una horda de fanáticos que querían el terror y la destrucción, en sus novelas primeras desde La montaña mágica o La muerte en Venecia vive el intelectual interior que no hace de su vida un ejemplo de bondad o maldad sino solo se trata de un intelectual que contempla el mundo y lo va diseccionando con notable pluma.

Seguimos con la buena mirada de Mercedes Monmany, tan especialista en estos escritores y muchos más (el libro es un volumen denso de casi 1500 páginas) el universo de una Europa que vive en las novelas como si estas fueran nuestros espejos, una Europa herida de muerte, pero que siempre resucita, como un ave fénix que merece siempre descubrir.

LA MIRADA DE THOMAS MANN AL UNIVERSO DE UN SIGLO EN CRISIS

   Thomas Mann representa lo mejor de un siglo donde el mundo sufrió grandes crisis mundiales, el escritor alemán abre la senda de la mejor narrativa con Los Budenbrook, una novela honda donde analiza la cultura alemana, escrita a principios de siglo pero que Visconti llevaría al cine ya enmarcada en los años treinta y el ascenso de Hitler al poder, la novela es un fresco que nos devuelve a los mejores narradores del XIX como el gran Tolstoi o los realistas españoles. Los Buddenbrook es novela intensa, que va abriendo sendas en la lectura, diferentes miradas, sobre unos personajes en crisis en una Alemania que ya va presagiando el desastre que llegará en un futuro próximo.

La montaña mágica es otro logro, una verdadera reflexión sobre el mundo que ha despersonalizado al individuo en una montaña donde los personajes viven en un sanatorio para enfermos, pero los verdaderos enfermos están en la sociedad, deambulan seres en crisis, de la mano de su protagonista Hans Castorp, un joven intelectual que asiste a las charlas de Stembrini, un personaje fascinante que abre las ventanas a una luz nueva, la de un siglo, el XX, que ya no permite crear seres definidos, sino seres fantasmagóricos, como muy bien definió la narrativa de Kafka.

Si La montaña mágica es todo un símbolo del poder de representación de una época, con La muerte en Venecia, Mann escribe un diálogo con la belleza, con el paso del tiempo, con el propio ser que ya no encuentra en la cultura sus satisfacciones, envuelto ya en la crisis de la soledad. Ashenbach es un escritor (músico en la película de Visconti, que refleja a Mahler), que decide i r a Venecia desde Munich, en la ciudad decadente encontrará un joven que le fascinará, Tadzio, símbolo de la muerte, es el ángel de la muerte que pasea su belleza por el Hotel Des Bains y expone su elegancia y ambigüedad por la playa del Lido. Ashenbach lo mira y se detiene en sus gestos, mientras el sirocco, que no es otra cosa que el cólera, va asolando la ciudad y enfermando a sus habitantes. Si en la película, Visconti dota a su protagonista de familia, con flashbacks de su familia, de su mujer y su hija. En la novela el escritor no cuenta nada de su pasado, pero va enfermando poco a poco, clara metáfora de un mundo en descomposición, un siglo XX que ha cosificado al individuo. Hay que recordar que Thomas Mann estuvo en Venecia con su mujer, quedando prendado de un joven, lo que le llevó a escribir la novela comentada.

Hay otras novelas importantes en la narrativa de Mann, escritor que contempló el ascenso de Hitler y salió de Alemania ante la inminencia de la dictadura del loco y además de las muestras ya claras de una persecución a los judíos que acabaría con el Holocausto.

Yo destacaría la novela Doktor Faustus, donde Mann habla de la música, una de sus grandes obsesiones, ya que el escritor considera que la música es un ejercicio de perfección que sublima al individuo. Novela compleja que debe ser leída con minuciosidad porque requiere múltiples interpretaciones.

Mann supone el comienzo de una tradición intelectual que seguirán otros escritores europeos como Musil, Marai, Grass y otros muchos.

CONCLUSIÓN: LA LITERATURA EUROPEA DEL SIGLO XX

En el apasionante legado que nos ha dejado todos los escritores citados y muchos otros, el panorama de nuestra literatura actual no se concibe sin ese empuje, donde la visión del mundo recorre todo un paisaje lleno de perspectivas, como las que han dejado los grandes narradores del siglo XX.   

En ese inmenso legado podemos ver la naturaleza humana, como el mundo anterior al siglo XX entendía el personaje desde atributos que lo individualizaban, mientras en el XX el hombre pasa a ser un eslabón más de una tradición donde triunfa un capitalismo feroz, que, si lo lleváramos al cine, quedaría muy clara en la sátira de Chaplin en su genial película Tiempos modernos.

Ya nada será como antes, el mundo ha cambiado y hemos asistido a las guerras mundiales que han hecho del individuo un número, como diría Musil, un hombre sin atributos.